¿Quién es el que nos dice lo correcto y lo imposible?
Lolo un día, elegante suelto, se encontraba en su rutina de todos los días, que ya hace algunos años se había convertido en el hecho de dormir y alimentarse como su fisiología demandaba. Un tanto aburrido de esta vida se asoma para ver a la ventana y fingir ser libre de esta jaula que demandaba todo su tiempo a diario.
Un día de suerte, aparece un destello al costado de su encarceladora morada...
Eran unas despampanantes y escamosas curvas que se movían dentro de su pecera en movimiento, cuando el sol golpeaba con toda su fuerza contra el vidrio de su carroza.
Lolo, desconcertado y con una mandíbula que ya había cedido por el estado abrumado, saluda con cortesía a tal diosa que se acercaba... lo cual fue respondido con un inesperado "Hola", y una sonrisa nerviosa portada por esa figura tan llamativa tal cual estrella de cine, pero que había logrado quebrar algo dentro con el saludo de la emplumada elegancia que a Lolo y solo él caracterizaba.
Pasaron los días y Emilia había sido obligada a parquear al lado de Lolo, donde comenzaron como buenos amigos, pero ya mencionamos la abrumadora experiencia de su primer encuentro. Con el tiempo no lograban más que fortalecer su confianza entre el otro, y así fueron logrando superar adversidades, como el día que hizo falta la comida, o cuando no había agua limpia con la que Emilia podría haber evitado esa horrible enfermedad de haber sido atendida unas horas o días antes.
Dos mundos completamente distintos, dos ambientes completamente imposibles, pero dos almas que se complementan es lo que encontraban ellos dos en su esquina, en su mundo.
Lolo afirmaba que no sabía si eran suficientes las flores para ella, o si eran de aquí o habían nacido del más allá solo para alegrarle el día a Emilia.
Ella en cambio, viendo a Lolo como algo astral, repetía que solo sabía que al final del día, la respuesta estaba a su lado, que al desafiar la vida de su mano, no estaba mal. Lolo y Emilia, cada vez que podían... le recordaban al otro en toda situación... que en el otro descifran su propia complejidad.
Bailaban juntos cada vez que podían un danzón, al compás de un contrabajo, que los llevaba desde la primera vez bailando juntos, a tener el mejor tango de su vida... uno que no quisieran que acabase nunca.
Se pasó la vida al fin entre un amor tan imposible y completo como el de ellos, pero pasó factura... y Emilia comenzó a debilitar. Siendo de fisiología tan distinta, y de mundos casi paralelos, Lolo solo podía hacer lo mejor que podía por cuidarla; que fue mucho y muy efectivo, mas no suficiente.
Un día Emilia simplemente fue elegida por el hijo menor, uno que amaba la acuática, y que desconocía por completo la historia que se desenvolvía en aquella esquina... El menor de dos inocentes pero villanos tácitos del cuento.
Desde entonces Lolo vive con Emilia rondando únicamente en recuerdos y burbujas que podrían crearse en su dispensador de agua... extrañando esa pecera... viviendo el sentido de la atracción cuando no consumimos, y viendo a la felicidad cobrar venganza cuando se juega de a dos, que cocina a fuego lento todo tipo de ardor.
Lolo actualmente tiene años de más, recuerdos de sobra, un vacío que no va, y un plumaje astral que Emilia solo podría recordar ahora si lo viese... pero que aún así, seguiría siendo un sueño cumplido en un mundo desigual.
Dicen que las aves mueren de soledad, y Lolo no podría pasar otro destino que una de esas aves. Nunca demostró algo que no fuese alegría, ya que sabía que Emilia lo vería, a través de su pecera y donde quiera que estuvieran, bailarían un danzón más... y eso hicieron antes de ir a reunirse en otro mundo más homogéneo. El momento de ambos fue el mismo, el momento exacto de irse... un baile de Lolo y Emilia como solo ellos sabían.
Lolo un día, elegante suelto, se encontraba en su rutina de todos los días, que ya hace algunos años se había convertido en el hecho de dormir y alimentarse como su fisiología demandaba. Un tanto aburrido de esta vida se asoma para ver a la ventana y fingir ser libre de esta jaula que demandaba todo su tiempo a diario.
Un día de suerte, aparece un destello al costado de su encarceladora morada...
Eran unas despampanantes y escamosas curvas que se movían dentro de su pecera en movimiento, cuando el sol golpeaba con toda su fuerza contra el vidrio de su carroza.
Lolo, desconcertado y con una mandíbula que ya había cedido por el estado abrumado, saluda con cortesía a tal diosa que se acercaba... lo cual fue respondido con un inesperado "Hola", y una sonrisa nerviosa portada por esa figura tan llamativa tal cual estrella de cine, pero que había logrado quebrar algo dentro con el saludo de la emplumada elegancia que a Lolo y solo él caracterizaba.
Pasaron los días y Emilia había sido obligada a parquear al lado de Lolo, donde comenzaron como buenos amigos, pero ya mencionamos la abrumadora experiencia de su primer encuentro. Con el tiempo no lograban más que fortalecer su confianza entre el otro, y así fueron logrando superar adversidades, como el día que hizo falta la comida, o cuando no había agua limpia con la que Emilia podría haber evitado esa horrible enfermedad de haber sido atendida unas horas o días antes.
Dos mundos completamente distintos, dos ambientes completamente imposibles, pero dos almas que se complementan es lo que encontraban ellos dos en su esquina, en su mundo.
Lolo afirmaba que no sabía si eran suficientes las flores para ella, o si eran de aquí o habían nacido del más allá solo para alegrarle el día a Emilia.
Ella en cambio, viendo a Lolo como algo astral, repetía que solo sabía que al final del día, la respuesta estaba a su lado, que al desafiar la vida de su mano, no estaba mal. Lolo y Emilia, cada vez que podían... le recordaban al otro en toda situación... que en el otro descifran su propia complejidad.
Bailaban juntos cada vez que podían un danzón, al compás de un contrabajo, que los llevaba desde la primera vez bailando juntos, a tener el mejor tango de su vida... uno que no quisieran que acabase nunca.
Se pasó la vida al fin entre un amor tan imposible y completo como el de ellos, pero pasó factura... y Emilia comenzó a debilitar. Siendo de fisiología tan distinta, y de mundos casi paralelos, Lolo solo podía hacer lo mejor que podía por cuidarla; que fue mucho y muy efectivo, mas no suficiente.
Un día Emilia simplemente fue elegida por el hijo menor, uno que amaba la acuática, y que desconocía por completo la historia que se desenvolvía en aquella esquina... El menor de dos inocentes pero villanos tácitos del cuento.
Desde entonces Lolo vive con Emilia rondando únicamente en recuerdos y burbujas que podrían crearse en su dispensador de agua... extrañando esa pecera... viviendo el sentido de la atracción cuando no consumimos, y viendo a la felicidad cobrar venganza cuando se juega de a dos, que cocina a fuego lento todo tipo de ardor.
Lolo actualmente tiene años de más, recuerdos de sobra, un vacío que no va, y un plumaje astral que Emilia solo podría recordar ahora si lo viese... pero que aún así, seguiría siendo un sueño cumplido en un mundo desigual.
Dicen que las aves mueren de soledad, y Lolo no podría pasar otro destino que una de esas aves. Nunca demostró algo que no fuese alegría, ya que sabía que Emilia lo vería, a través de su pecera y donde quiera que estuvieran, bailarían un danzón más... y eso hicieron antes de ir a reunirse en otro mundo más homogéneo. El momento de ambos fue el mismo, el momento exacto de irse... un baile de Lolo y Emilia como solo ellos sabían.
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